A veces, por nuestra simple prepotencia, o por nuestro desconocimiento, nos creemos capaces de mantener una conversación sobre un determinado tema, en cualquier momento, en cualquier lugar, y hasta de cualquier modo. Sensación que, si no nos produce una falsa modestia, sí nos deforma la realidad en la que deberíamos sentirnos inmersos.

Cada uno de nosotros tiene sus propios temas, libros, revistas de consulta que considera ya propios de su interior, tan familiares como la comida, como el aire, como la basura. Unos prefieren el Arte, otros la Historia. Algunos, a su vez, se decantan por las nuevas tecnologías. Y otros, también, por la Política.

A decir verdad, no me considero un especialista, ni mucho menos, en eso de la derecha, izquierda, o centro. Pero sí estimaba haber leído un número suficiente de libros para poder de vez en cuando opinar sobre un determinado artículo relacionado con la Política. Hasta que vino ella.

Esa persona bastante más joven que yo, pero que sin embargo no necesitó más de dos frases para hacerme comprender que sólo sé las cosas a medias. Nos sentamos en la mesa; tomamos un café (algo muy agradecido en este país más bien frío...) y a partir de ahí, todo empezó. Nuevas visiones, otros datos, más interpretaciones... Todo ello para hacerme ver que la verdad absoluta no existe, y que sencillamente no sé nada de política. ¿Lo mejor de todo ello? Que esa persona tampoco considera saber nada de Política.