Hoy me despierto como cualquier día; y me acostaré como de costumbre. Sin apenas saber lo que hago, los ojos aún semiabiertos, mis pies se dirigen hacia mis zapatos y sin pensárselo dos veces, se enfundan, sin más preguntas que hacerme. ¿A dónde voy? ¿Por qué lo hago? ¿Para qué? ¿Es bueno para mí? ¿Es lo mejor?
La vida se resume en costumbres. Esas que cumplimos sin preguntándonos por qué, esas que se convierten en mecánicas y ni siquiera nos hemos dado cuenta de ello... Muchas cosas las hacemos por obligación encubierta, “porque la sociedad lo exige”. Otras, por comodidad. Los más entendidos en la materia resumen nuestros actos en un afán por sentirnos queridos por la gente. Estudiamos, trabajamos, vestimos, compramos con el fin de gustar a nuestros allegados, nuestra gente, de entrar en los esquemas de un determinado grupo de la sociedad; nuestra opinión no importa: importa la de los demás, la de los amigos y la de nuestra familia.

Ojalá no fuese cierto. Ojalá pudiese elegir mis actos en función de mis propios gustos, según mi parecer: “¡Qué pantalón más bonito! Pero, ¿cómo me vería la gente si me lo pusiese?” Qué más quisiera poder despojarme de tantas esposas, de tantas cadenas que condicionan nuestro día a día, que lo limitan desde lo más insignificante hasta lo más relevante. Cuánto desearía poder poner fin a esos juegos hipócritas en los que mis actos dependen del parecer de los demás... En definitiva, poder ser libre.

Pero sé que eso no es posible. La condición humana, el hombre (ese “animal gregario”), lo tiene asumido, y por ello no veo por qué tengo que ser yo una excepción. No pienso pelear por esa libertad. ¿Libre? ¿Preso? Creo que lo mejor es que me vaya a preparar un buen vaso de leche caliente e irme a acostar, como de costumbre, porque mañana me espera un día intenso de estudio...