"Cobarde" te llaman algunos por no haber sabido hacer frente a las dificultades de tu país; "valiente" te prefiero llamar, por haberte atrevido a vivir en otro lugar, desconocido en su forma de vida y hasta en su idioma. Otros te tachan de desertor por haber huido de tu país, pero no saben que dejaste a miles de kilómetros a tu familia, tu cultura, tu vida para intentar salvar a tus seres más queridos. “Ladrón” te gritan a voces y con desprecio los ignorantes por creer que les robas el trabajo. Pero sé que tú no tienes más remedio que ocupar el puesto que nadie quiere, el más duro, resultando de esa forma y muchas veces explotado de forma despiadada. Otros, sencillamente te tildan de “sin papeles” por no haber tenido la suerte de obtener el “permiso” que te “permite” entrar en nuestras fronteras, y sin embargo, deberían darse cuenta de que sencillamente eres una persona como cualquiera de nosotros, con el derecho a tener una vida digna.

Muchos son los emigrantes que hoy en día cruzan nuestras fronteras españolas para intentar darle un sentido a su vida, para dejar de malvivir en el país que les tocó nacer. Sin embargo, mucha gente ignora (o prefiere eludir) el hecho de que son esenciales para nosotros. Más allá de su importancia económica, representan una oportunidad irrechazable para nosotros de poder conocer a personas diferentes, culturas distintas, para de esa forma darnos cuenta de lo insignificantes que somos. No olvidemos que si “España va bien”, es gracias, en gran parte, a los cientos de miles de españoles que fueron ellos mismos, hace cuarenta años, a trabajar a otro país para poder tener una oportunidad en la vida de vivir dignamente.